Todo existe en Uclés
Entré en Uclés esperando una novela y encontré un delirio hermosísimo.
por Metamorphoseis
Sobre La ciudad de las luces muertas, de David Uclés

Comencé La ciudad de las luces muertas, de David Uclés, ilusionada. Al fin y al cabo, había sido un regalo de Buko, y todo lo que nace en él y desde él es emocionante. Tras las primeras páginas, noté algo exasperante en la exposición. La culpa era mía: había entrado esperando leer una novela, un concepto que siempre relaciono con el naturalismo o el realismo. Nota para un futuro lector: meterse en Uclés con Zola o Dostoyevski en la cabeza es condenarse a la frustración.
Atravesé los primeros desvaríos atrapada por el impacto. Creo que llegué a decirle a Buko que me fascinaba el cerebro de quien lo había escrito. No había orden. Y comenzaban a amontonarse los nombres. Empezaba a ser un delirio hermosísimo.
Barcelona en la penumbra. Afloraban edificios y recovecos que ya no estaban; personajes de una enorme envergadura histórica, artística o literaria asomaban de refilón. En medio del caos estructural vislumbré el drama: la guerra. Y me quedé ahí. Todo lo demás, por un momento, me pareció superfluo.
Deslicé páginas y páginas absorta por esta inventiva sin freno. Buko me comenta: «le falta profundidad a sus personajes». Y puede ser cierto: esperé más de su Cortázar. Quizás a Cortázar solo sabe escribirlo Cortázar. Reconozco que me perdí y que me costó aceptar la tensión de Uclés. Pero cuando lo hice, me abandoné. A quien derrocha así la imaginación cuesta discutirle. Quiero vivir en la cabeza de Uclés, al menos el tiempo suficiente para extasiarme.
Fatigada por las presencias que se apretujaban —simplemente porque pueden estar ahí—, casi me distraigo de las bombas, de la oscuridad y del desenlace. Llegué inquieta a la sugerencia de una pieza musical: Clouds, The Mind on the (Re)Wind, de Ezio Bosso. Abrí Spotify, le di al play. Y entonces sonó.
En las primeras notas la oscuridad cobró un sentido absoluto. Se me deshizo el cuerpo conjugando relato y acordes. La ciudad de las luces muertas no es una lectura, es una obra sensorial, síncrona con la experiencia misma.
He tardado dos días en salir del libro. En el reposo de lo leído me acordé de Sartre y de La náusea: frente a la contingencia de un plano donde todo coincide a la vez, la música, como a Roquentin, me devolvió la luz.
Metamorphoseis