Lo que aprendemos en nuestros caminos
Cuaderno de campo
La flora, la huella humana y la tierra de Canarias, apuntadas en los senderos.
Mundo vegetal
Una tabaiba salvaje.
La tabaiba salvaje o amarga (Euphorbia regis-jubae) solo vive en Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y el suroeste de Marruecos. En la estación seca pierde las hojas y se queda en tallos desnudos, como aquí. Su látex es cáustico: mejor mirarla sin tocar. Su nombre recuerda a Juba II, rey de Mauritania, que bautizó las euforbias en honor de su médico, Euforbo.
Huella humana
Un lavadero escondido en el Guiniguada.
En el Guiniguada a los lavaderos los llaman veleros: quizá por las sábanas al viento, como velas, o por el velo de agua que corre por la pila. Son ensanches de las acequias, con piedras para restregar la ropa, y durante generaciones fueron el lugar de encuentro de las mujeres del barrio. En Las Meleguinas todavía celebran la Bajada al Velero.
La tierra
En Los Giles, una roca que nos llamó la atención.
Es la Formación Detrítica de Las Palmas, la roca sobre la que se asienta la parte alta de la ciudad. Son arenas, limos y cantos rodados que los barrancos fueron dejando junto a la costa hace entre cinco y tres millones de años, cuando el mar llegaba unos 70 m más alto que hoy. Las capas guardan las avenidas de entonces, una sobre otra; los huecos los ha ido vaciando la erosión.
Las piedras blancas que dejó el agua.
Después de días de correr el agua por el barranco, la costra blanca tiene dos sospechosos. Uno, las algas microscópicas que tapizaron las piedras bajo el agua y que, al secarse al sol, dejan un polvo como de tiza. Otro, la cal que el agua lleva disuelta y que se queda pegada al evaporarse, como en un grifo. Para salir de dudas basta una gota de vinagre: si burbujea, es cal.



