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CronopíaLa sociedad de los pasos lentos

Desvarío

Cronopía existe

Cronopía existe. No la busques en los diccionarios ni en las enciclopedias, pues acostumbra a esconderse detrás de las palabras de un cuento.

por Budy Buko

A propósito de Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

Gran Canaria en un mapa grabado de 1780, junto a una rosa de los vientos con los puntos cardinales desordenados y una hoja de ginkgo dorada en el centro.
Gran Canaria en el mapa de Tomás López (Madrid, 1780), Biblioteca Nacional de Francia, con una rosa de los vientos desordenada.

A Metamorphoseis por cohabitar Cronopía y poblar los sueños de la maravillosa sociedad de los pasos lentos

Cronopía existe. No la busques en los diccionarios ni en las enciclopedias, pues acostumbra a esconderse detrás de las palabras de un cuento, o debajo de los versos de una canción, o en medio de las pinceladas de un pelirrojo.

Cronopía es un refugio. Es isla en medio del mar, lago en llanura desolada, oasis en desierto. No la busques en los mapas, ni viejos ni nuevos. Se nos aparece y se esfuma como lo hacía San Borondón con nuestros antiguos. Es tierra, agua y aire con vida propia, libre, rebelde, apasionada, serena, contradictoria.

Cronopía no entiende de tiempo. Los relojes se desordenan en cuanto pones un pensamiento en sus playas: las manecillas se mueven sin tempo fijo. El tiempo de los humanos se percibe tan lento que transcurre rápido y se derrama por el cauce de los barrancos, arrastra viejas piedras de molino y las convierte en cantos rodados, acaricia los tallos de la lavanda hasta que florece y calma a las cronopias y cronopios1, seres verdes y gelatinosos que flanean por los caminos, perdidos y desorientados, felices.

El espacio de los humanos no existe en Cronopía: los accidentes geográficos se mueven de sitio y no hay puntos cardinales fijos. Ya se sabe que el norte es muy fama. En tierra de cronopios, los famas son bienvenidos, pero difícilmente logran adaptarse sin convertirse en cronopios, en un proceso que llamamos cronomorfosis y que a veces se queda en esperanza. Los esperanzas son igual de bienvenidos en Cronopía.

En el primer censo oficial de Cronopía, realizado el mismo día de su fundación, figuraban dos cronopios muy especiales. Dos seres que exploran sus rincones propios y ajenos, que sobrevuelan la vida mirándose entre sueños y vigilias, que se disfrutan juntos y se empeñan en transformar lo cotidiano en extraordinario. Viven acercándose lentamente, se saben compuestos de una misma materia inmaterial, se admiran entre montañas, caminos y arte, aman la naturaleza, la cuidan y se cuidan. Los puedes ver resolviendo complejas cartas de restaurante, pero el mundo desaparece a su alrededor y la comida siempre está deliciosa. El calor y el frío nunca son un problema para ellos: Cronopía tiene un sofisticado termostato y un sistema de ventilación basado en gigantes de aspas giratorias. Cantan sin saber cantar y tocan instrumentos sin reglas ni partituras. A veces tocan tambores de paz. Son trovadores en Cronopía y quizás, quién sabe, algún día lo serán fuera de ella.

El maestro Cortázar prestó su Manual de instrucciones y sus Historias de cronopios y de famas2 para que sirvieran de inspiración en la fundación. Cronopía, como ya se ha dicho, nació libre y rebelde, pero también agradecida, y en sus lugares más recónditos se puede encontrar un gigante barbudo al que los visitantes veneramos con respeto y gratitud por su contribución a Cronopía.

Cronopía existe.

Notas

  1. Los cronopios, los famas y los esperanzas son criaturas de Julio Cortázar (Bruselas, 1914 – París, 1984), que las dio a conocer en Historias de cronopios y de famas (Buenos Aires, Minotauro, 1962). Suya es también la costumbre de decir «los esperanzas», en masculino. El nombre de Cronopía y la cronomorfosis, en cambio, son invención del club, a partir de las suyas. ↩

  2. El Manual de instrucciones no es un libro aparte: es la primera de las cuatro partes de Historias de cronopios y de famas, junto a «Ocupaciones raras», «Material plástico» y la que da título al libro. ↩

Budy Buko