Instrucciones para prepararse una taza de té
por Metamorphoseis
A propósito de Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar

Para preparar un té no hace falta adquirir un conocimiento teórico previo: basta con comenzar por la observación del hervidor de agua. El hervidor espera impaciente, desde el día anterior, a ser usado y no se queja de la cal incrustada en su boquilla. Uno debe tomar conciencia de que el filtro no actúa como barrera invencible y de que, como ocurre con la propia boca, de él a veces salen cosas inapropiadas.
Es preciso advertir que en el fondo del hervidor residen restos de agua del día anterior, y que esta agua no luce igual la mañana en la que uno se dispone al té. Algo la enturbia. En ese momento, al preparador le sobreviene una cuestión metódica: ¿conviene continuar con el ritual o tirar el agua? Si es atrevido, continuará. Es posible que sean las moléculas alteradas las que dibujen en la superficie meandros que recuerdan a la gasolina. Al fin y al cabo, si a nosotros nos hierve la sangre, al día siguiente también amanecemos turbios. Así que lo suyo es verter más agua y cruzar los dedos para que de ese breve estancamiento no hayan brotado gérmenes. Se acciona la palanca y se procede al recalentamiento molecular.
Llega entonces el suplicio de la elección. Se abre la puerta del armario y se contempla la amplia oferta de hierbas que se concentran en latas, bolsas de plástico, sobres y botes de cristal. Se puede elegir una opción o bien crear una sinergia. Ese es el momento capaz de frustrar todo el proceso, pues el agua en el hervidor está cerca del punto de ebullición. La decisión debe tomarse de forma apresurada para evitar dos catástrofes inminentes: el bloqueo ante la sobreabundancia de posibilidades o que la palanca salte sin que la taza esté preparada.
Al final se opta por té con jengibre y limón. La rutina ejerce un poder sobrenatural en la toma de decisiones.
Es necesario disponer la taza con su filtro. En cuanto salta la palanca del hervidor, se debe poner toda la atención en contar los segundos para calcular el momento exacto en que la temperatura haya bajado a los noventa grados. No se altere: la práctica lleva a discernir la temperatura a través de la medida del tiempo.
Acceda finalmente al punto álgido del ritual. Vierta lentamente el agua caliente sobre el filtro que reposa en la taza con el té seleccionado. En ese momento, siéntese y proceda a mirar. Observará que las hojas se abren como desperezándose, desafiando la física al quintuplicar su tamaño hasta conquistar todo el perímetro de la taza.
Bébase con cuidado, dejando que el picor del jengibre en la garganta y la acidez del limón certifiquen que la mañana ha comenzado.
Olvídese del hervidor con el agua sobrante. Hasta la mañana siguiente.
Metamorphoseis