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CronopíaLa sociedad de los pasos lentos

Relato

El estanque de La Huesa

Llueve, miro por la ventana y coso un recuerdo con recortes de mi infancia.

por Budy Buko

Un grupo de niños juega sobre montículos de tierra frente a unas casas de bloque a medio construir, con montañas al fondo.
Niños jugando en las cuarterías, Santa Lucía (Gran Canaria), años ochenta. Archivo de Fotografía Histórica de Canarias, FEDAC, Cabildo de Gran Canaria (colección del Ayuntamiento de Santa Lucía).

A los/las que siguen estando sin estarlo

Llueve, miro por la ventana y coso un recuerdo con recortes de mi infancia.

Me pongo las botas de goma y salgo a la calle con medio bocadillo de Nocilla en la mano. Le doy el mordisco más grande que puedo. En la otra mano sostengo un paraguas mientras me alejo de mi casa. Miro hacia atrás y muerdo… Sigo alejándome y vuelvo a mirar, esta vez con disimulo. Dos mordiscos más y termino con este maldito bocadillo. No tengo hambre, pero hay que comérselo. Las madres que ven llover desde las ventanas ya casi no me pueden ver, así que escondo el paraguas detrás de unas piedras y salto sobre los charcos. Salpico a mis amigos y tengo cuidado con los mayores que pasan a nuestro lado. En mi barrio, «las quejas» llegan a casa antes que los padres, que se rompen el alma trabajando en la tierra o en hoteles con la esperanza de que tengamos un futuro mejor que el suyo. Yo no sé ni lo que es el futuro. Solo me importa que llueve y me río al ver cómo las piernas de mis amigos están casi tan embarradas como las mías.

Buscamos pencas de palmera y hacemos un agujero en la parte superior. Introducimos un soldado de plástico y vemos cómo una barcaza de guerra surca las aguas frente a una playa y esquiva el fuego enemigo.

—¡El desembarco de Normandía! —grito yo.

—¡Yo soy de los japoneses!

—Allí no estaban los japoneses, Paquillo —dice Blas riéndose—. Eran alemanes.

—Pues yo soy de los americanos —dice Juan Carlos riendo—. Que sepas que ganaron.

—Eso lo veremos.

Las piedras sobrevuelan y caen sobre un océano marrón. Se forman ondas concéntricas que se expanden hasta que tocan la orilla de la playa de Omaha. Tenemos las piernas enterradas en el barro hasta las pantorrillas. Nos empujamos unos a otros y caemos dentro del charco.

La lluvia cesa y cruzamos las fronteras del barrio para coger caracoles en el Barranco del Ancón, tierra prohibida, reservada solo a los niños mayores, como mi hermano. Nos olvidamos de los caracoles en cuanto nos sentimos tentados a bañarnos en las aguas verdes de la única piscina que conocemos, el lejano y peligroso estanque de La Huesa. Nos quitamos las botas y nos metemos con ropa. Flotamos entre ranas y palos. Alberto no sabe nadar, pero lo sostenemos entre Blas y yo. Fran deja caer una tabla que encuentra cerca y se lanza detrás. Chapoteamos y nos mantenemos a flote a duras penas flexionando las piernas para evitar tocar el limo que se acumula desde el fondo. Apesta a estanque hasta que vuelve a llover. Salimos y ayudamos a salir a Alberto. Nos desvestimos y retorcemos la ropa siendo conscientes de la bienvenida que nos espera en casa.

Volvemos corriendo por La Charca con ranas en cacharros.

—Mi madre me mata —grita uno.

—Es tarde, cállate y corre —grita otro.

Cruzamos el invernadero abandonado de Galván y el cercado de Cristobita. Sin dejar de correr, le echamos un ojo a los nispereros y las higueras que nos encontramos por el camino, pero aún es pronto, no hay fruta que robar ni dueño que nos persiga por el delito.

Es tarde y nos esperan. Nos vamos cada uno a su casa sin despedirnos. Nos miramos la ropa mojada y sucia y nos preparamos para la bronca —en el mejor de los casos—. Oigo los gritos de otras madres y me siento un privilegiado. La mía niega con la cabeza mientras entro en casa, evita sonreír al ver cómo la miro de reojo y señala hacia el baño.

—Sigue para el baño, anda. Y luego dejas el animalito donde estaba —me dice al ver el cacharro con la rana.

No caminaré tanto, pienso.

—Vale, mamá, después la llevo —respondo.

Pero sé que al anfibio le espera un nuevo hogar, más cercano que el peligroso estanque de La Huesa.

Mi padre llega de trabajar. Le da un beso a mi madre y se sienta en el zaguán. Enciende un cigarrillo y lo coloca sobre el cenicero de pie. El reloj de pared marca la una menos cuarto y mi madre casi tiene la mesa preparada.

—Hola, papá —digo desde el baño.

—¿No habrás estado bañándote en algún estanque?

Me hago el sordo con la esperanza de que al sentarnos a comer se olvide de lo que la vecina le ha contado antes de entrar. Nos sentamos todos menos mi madre, que empieza a servir la sopa.

Mi hermana hace una gracia y a mi padre se le cae la baba. Se olvida del estanque.

Hermanita, te debo otra, aunque eres demasiado pequeña para entenderlo.

Mi hermano mayor me hace una mueca. No me puedo creer que se vaya a chivar.

No lo hace. Le debo una. Sé que el silencio cómplice entre hermanos tiene un precio que pagaré.

Budy Buko