Mi padre de seis años
Aquella mañana de octubre, las hojas de los castaños cortaban un aire gélido y seco. Parecían haber perdido el color, pues apenas había luz
por Budy Buko

Para los que quieren desde el recuerdo y la memoria
Aquella mañana de octubre, las hojas de los castaños cortaban un aire gélido y seco. Parecían haber perdido el color, pues apenas había luz. Entré en la tienda, colgué el abrigo en el perchero y me dirigí al mostrador. Sin quitarme la bufanda, encendí el infiernillo sobre el que esperaba la cafetera atómica de mi abuelo, una sorrentina. Coloqué las manos sobre el fogón y esperé el resoplido de la cafetera.
Como cada día, mientras tomaba el café, paseé la mirada por la tienda. Sin apenas moverme, desde el mostrador podía verlo todo. Los objetos estaban ordenados según estilo, antigüedad y tipología. Había algunos artículos que rompían el orden, pero en todos los casos lo hacían de forma justificada. Me gustaba especialmente un reloj de pared de finales del siglo XIX que tuvimos en casa durante mi niñez. Solía concentrarme en el sonido del péndulo para dormirme. Mi madre me hablaba del brillo de los ojos de mi padre cuando llegó a casa con aquel reloj destrozado. Contaba que estuvo semanas restaurándolo y que el día que el péndulo volvió a oscilar, lo vio llorar por primera vez en su vida. Dos semanas después, mi padre dejó de respirar y mi madre se abrazó a su ausencia el resto de su vida. Por aquel entonces, yo no era más que una semilla.
«¡Españoles! A cuantos sentís el santo nombre de España, a los que en las filas del Ejército y la Armada habéis hecho profesión de fe en el servicio de la patria, a cuantos jurasteis defenderla de sus enemigos hasta perder la vida, la nación os llama a su defensa».
Cuando escuché la voz de Franco en la tienda, creí que alguna emisora recordaba el alzamiento y el comienzo de la pesadilla de varias generaciones de españoles. «Vaya forma de empezar el día», pensé antes de darme cuenta de que el sonido salía de la Freshman Masterpiece que tenía enfrente, una radio que mi abuelo le había comprado a un militar inglés, y a la que mi padre nunca había conseguido reponer la batería de 90 V ni reparar parte de la electrónica que había sucumbido a la humedad y al tiempo. Desconcertado y sin haber tenido tiempo para asustarme, salí del mostrador y me acerqué a la radio. La batería estaba en su sitio y la radio funcionaba. Intenté girar el potenciómetro para bajar el volumen y escuché una voz que venía del mostrador.
—Señor, le agradecería que no tocara nada, hay piezas muy delicadas en esa joya.
La voz me resultó familiar, pero no fui capaz de responder. La tienda había cambiado, la luz entraba por la ventana y proyectaba la sombra de todo lo que encontraba a su paso. No había rejillas oxidadas en las ventanas ni en la puerta. Las paredes lucían un papel estampado y del techo colgaba la lámpara que yo mismo había vendido hacía diez años a un turista francés.
—¿Le gusta la radio? —añadió el señor, levantando el trozo de mostrador y acercándose—. Es una Freshman americana. Funciona perfectamente. ¿Quiere saber el precio?
Reconocí la sonrisa, pues nunca había vuelto a ver ninguna parecida.
—¿Abuelo? —balbuceé.
Di dos pasos atrás con los brazos abiertos y tropecé con una silla. Se oyó un portazo y un niño entró corriendo.
—¡Mamá dice que no te olvides del pan!
—Mario, te tengo dicho que saludes cuando entres en la tienda —le dijo mi abuelo al niño.
—¡Hola, señor! —dijo el niño con timidez.
—¿Mario? —dije mientras intentaba devolver la silla a su sitio.
—Sí, señor. Me llamo Mario Luque Navarro tengo seis años vivo en la calle de Zorrilla número catorce segundo piso —dijo de un tirón, con los ojos cerrados.
—Hola —dije sonriendo—. Yo también me llamo Mario Luque.
Me arrodillé y abracé a mi padre por primera vez. Cerré los ojos, deseé que no fuera un sueño y que el tiempo se detuviera para siempre. Pero cuando los abrí unos segundos después, había vuelto la oscuridad y el frío. La luz se había escapado de mis brazos junto al calor de mi padre.
Los siguientes días, cuando entraba en la tienda, miraba la Freshman de los años 20 y cerraba los ojos con la ilusión de poder volver a ver la sonrisa de mi abuelo. Con esa misma sonrisa, pero con algunos surcos y una mirada pulida por los años, siempre decía que las antigüedades son como cajones donde se guardan los recuerdos de las personas que ya no están. Me acercaba al reloj del siglo XIX, tocaba la madera viva y sentía el calor de mi padre de seis años.
Budy Buko