Un mártir para la cripta
Lucas miró de reojo la escalera de la cripta y se dirigió al confesionario. En la sacristía, el padre Simón despachaba a un emisario del obispo. Como cada día, tenía que informarle sobre la desaparición del padre Elías.
por Budy Buko
¿Quién eres?

Lucas dejó caer la bicicleta, se sacó los pantalones de los calcetines y sacudió la gravilla de los zapatos. Entró por la puerta lateral de la iglesia y cuando pasó junto al sagrario, se detuvo un instante para persignarse. Luego miró de reojo la escalera de la cripta y se dirigió al confesionario. En la sacristía, el padre Simón despachaba a un emisario del obispo. Como cada día, tenía que informarle sobre la desaparición del padre Elías.
—Ya son siete días. El obispo quiere cerrar este tema lo antes posible.
—Corre el rumor de que ha huido con una joven —dijo el padre Simón.
—No lo dice muy convencido.
—Me temo algo peor, hijo, mucho peor que eso.
El enviado salió sin despedirse por la misma puerta por la que había entrado Lucas. Un coche negro lo esperaba al otro lado de la calle. El padre Simón sabía que en su interior estaba el obispo, y que si las novedades que escuchaba no lo convencían, sería llamado para informar en persona. Cuando oyó que el coche arrancaba, se dirigió al confesionario y cruzó la mirada con Lucas a través de la rejilla.
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados.
—Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo… Han pasado dos semanas desde mi última confesión. He pecado, he hecho algo terrible.
—¿Algo terrible? ¿A tu edad? Confiesa, hijo, el Señor te escucha.
Ocurrió hace una semana, padre, después de la misa. Al otro lado de la rejilla, el padre Simón se mantuvo en silencio y vio cómo el joven cerraba los ojos con un gesto de duda. No sé por dónde empezar, dijo el niño. Por el principio, hijo, o un poco antes, si puede ser. Un poco antes del principio, susurró Lucas. Cuando abrió los ojos, su mirada se había perdido mientras se esforzaba en recordar los hechos que llevaba días tratando de olvidar.
El domingo anterior, más o menos a la misma hora, Lucas esperó por sus padres donde ahora espera la bicicleta. Como en otras ocasiones, sus padres se habían quedado en el interior de la iglesia para escuchar los consejos del padre Elías. Lucas se levantó, miró hacia arriba y arrugó la frente. Cuando volvió la mirada al suelo, Marie dijo:
—Eres David. Te vi adentro. Estabas en la segunda fila. Te sabías las oraciones, pero no estabas cantando. Lo haces fatal. Exageras al vocalizar y se te nota un montón. Pareces uno de esos muñecos a los que les mueven la mandíbula.
Lucas la miró, se agachó y recogió unas semillas de eucalipto. Marie dirigió la mirada al suelo y se pellizcó el labio. Se mantuvo en silencio unos segundos y dijo:
—¡Ventrílocuo! Eso es, pareces uno de esos muñecos de ventrílocuo.
Lucas se levantó y lanzó una semilla hacia la maleza.
—¿Siempre vienes a misa con tus padres? Parece que adoran al padre Elías. Con su cara de bueno y sonrisa de ángel. ¿Escuchaste el sermón, David? Satanás se disfraza de ángel de luz, ¡debemos estar atentos!
—No me llamo David.
—El padre Elías no es lo que parece.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Sí que lo sé.
Lucas lo sabía. Como Marie, él también había participado en el coro parroquial.
Aquel día, Lucas entró llorando en casa y le dijo a su madre que no pensaba volver al coro.
—¡Volverás! —dijo su madre—. Aunque tenga que llevarte a rastras. Irás mañana y le pedirás perdón al padre Elías.
—Si me llevas, lo mato, te juro por Dios que lo mato —sentenció un Lucas de doce años. Su madre se llevó las manos a la cara y dio un paso atrás. Lucas miró a los ojos de su padre y se dio la vuelta. Luego subió las escaleras y se encerró en su habitación. Estuvo sin salir dos días. Cuando lo hizo, ya no era el mismo. Sus padres acordaron olvidar el asunto y achacar el comportamiento de su hijo a la edad. Lucas no volvió a acercarse al padre Elías hasta el mismo día en que su camino se cruzó con el de Marie.
—Ahí vienen tus padres —dijo Marie mientras enrollaba un mechón de pelo en el dedo índice.
—Adiós, Marie.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque lo he preguntado —dijo Lucas sonriendo.
—¿Y el tuyo?
—Lucas —dijo mientras se alejaba.
Dejó caer el resto de las semillas, dio una patada y salieron despedidas en todas las direcciones.
—¿Dónde diablos te habías metido? —dijo su padre—. Tenemos que irnos.
—Adiós, David —dijo Marie sacando la lengua.
Lucas sonrió y caminó hacia su padre. Marie se sentó en el suelo y lo siguió con la mirada. Vio cómo el niño entraba en el coche y se quedaba mirando por la ventana trasera. Marie miró hacia la puerta de la iglesia, se levantó, se sacudió la gravilla de la falda y se dirigió hacia el padre Elías.
—Ella tenía miedo, padre —confesó Lucas—. Estaba aterrada.
El padre Elías la cogió por el antebrazo y Marie se giró con un gesto de dolor. Se revolvió para soltarse, pero el cura le agarró la muñeca y la arrastró al interior de la iglesia. Sus siluetas se esfumaron bajo el arco de medio punto de la puerta principal. El padre de Lucas arrancó el coche y salieron del aparcamiento. Recorrieron unos metros mientras su madre hablaba del gran servicio que hacía el sacerdote a la comunidad y su padre asentía y sonreía. Lucas seguía mirando por la ventana trasera.
—¡Papá, tengo que bajarme!
Sin que se detuviera del todo, se bajó del coche y corrió hacia la iglesia. La puerta principal ya estaba cerrada. Bordeó la nave y saltó una verja. Caminó entre la maleza y esquivó los surcos de un huerto. Sabía que a unos metros se encontraría con una puerta cerrada y que, en el suelo, debajo de un bloque de piedra, encontraría una llave. Abrió la puerta y entró sin hacer ruido. La capilla de San Esteban, susurró. Lucas había sido monaguillo durante más de dos años y conocía cada rincón de la iglesia.
—¡No, por favor! —dijo Marie llorando.
—¿Por qué lloras? —dijo el padre Elías—. No te va a pasar nada.
Lucas sabía que estaban en la cripta, un lugar restringido al que solo tenía acceso el sacerdote. En su interior había un sarcófago y un altar, ambos excavados en la piedra sobre la que se asentaba la iglesia. Debajo de la bóveda había una lápida en la que alguien había esculpido que en aquel lugar descansaba un mártir. En la inscripción no figuraba su nombre, y en el sarcófago, desde que se exhumaron los restos para una investigación a principios del siglo XX, solo descansaba la ausencia del mártir.
Lucas recordaba la cripta cada noche desde hacía tres años. Las bóvedas que parecían querer aplastarlo, el olor a humedad, el moho en las paredes y en el techo. Pero todo aquello desaparecía con el eco de las palabras del padre Elías. Sabía que Marie estaría sentada sobre el altar, con los ojos cerrados y llorando. Deseando que acabara lo que estaba a punto de empezar. Estaría muriendo para seguir con vida, escuchando el mismo eco de la misma voz.
—¡No, por favor! —dijo Marie.
Lucas se dirigió al altar mayor y se puso de rodillas frente al retablo. Levantó la mirada y se encontró con los ojos sin vida de Jesús. Crucificado, pero sin gesto de dolor ni heridas en el torso. Lucas lo miró durante unos segundos, cerró los ojos y susurró:
—Señor, ¿qué debo hacer?
—Debes quitarte eso —dijo el padre Elías desde la cripta.
—¡No, por favor! —dijo Marie llorando.
Lucas abrió los ojos y repitió con la voz quebrada:
—Señor, ¿qué debo hacer?
—¡Hazlo! —le dijo el padre Elías a Marie—. ¡Te ordeno que lo hagas!
—¡No, por favor! —dijo Marie entrando en el infierno.
Lucas se levantó, cogió la custodia y la empuñó con fuerza.
—Señor, perdóname —dijo mientras bajaba las escaleras.
Entró en la cripta y unos minutos después, salió cubierto de sangre y con Marie en brazos.
—Lucas, hijo —dijo el confesor—, ¿dónde está el padre Elías?
—En el sarcófago, padre Simón. Por favor, no diga nada de Marie. Iré al reformatorio, a la cárcel o donde tenga que ir, me da igual, pero le ruego que no diga nada de ella.
—¿Y la custodia? —preguntó el padre Simón.
—En su pecho.
—Todo cuanto me has dicho está bajo secreto de confesión.
—Me dio su permiso, padre. Dios me lo dio. No lo hubiera hecho si no…
—Pues sus proyectos no son los míos, y mis caminos no son los mismos de ustedes, dice el Señor. Isaías cincuenta y cinco, ocho. Los caminos del Señor son inescrutables, Lucas.
—Hizo cosas horribles, padre.
—El padre Elías habrá sido perdonado y estará feliz junto al Señor. Y la cripta, después de tanto tiempo, por fin tiene su mártir.
—Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí, que soy un pecador —dijo Lucas.
—Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Ya han pasado diez años desde la confesión. El padre Simón sonríe mirando cómo Marie y Lucas bailan bajo la lluvia, sobre el lodo. Marie ríe y ensucia su traje de novia. Lucas la mira, resbala y se suelta para que ella no caiga con él. Se apoya en una mesa y sonríe cruzando la mirada con el padre Simón, que asiente y le devuelve la sonrisa. Lucas vuelve con Marie y se abrazan. El sol se cuela entre las nubes e ilumina un beso. Los novios miran arriba, cierran los ojos y el resto del mundo desaparece. Solo están ellos.
Budy Buko